En sus ojos pude encontrar más galaxias que en el mismo firmamento.
En sus oídos pude encontrar más atención que ante el mundo como audiencia.
En su boca pude encontrar más sabores que en cualquier manjar.
En sus mejillas pude encontrar más suavidad que en un jardín de algodón.
En sus lágrimas pude encontrar más lluvia que en una tormenta.
En su rostro pude encontrar más belleza que en miles de estrellas.
En su piel pude encontrar más lienzo que en la mejor galería de arte.
En su cuello pude encontrar más tranquilidad que en nubes de medio día.
En sus hombros pude encontrar más apoyo que en cualquier cimiento.
En sus brazos he podido encontrar más de mi que en un espejo.
En sus senos pude encontrar más paisaje que en ningún planeta.
En su espalda pude encontrar más camino que en la carretera mas larga.
En sus manos pude encontrar más fuego que en el mismo infierno.
En su vientre pude encontrar más erotismo que en mil cuerpos.
En su sexo pude encontrar más placer y frenesí que en cualquier droga.
En sus gemidos pude encontrar más música que en cualquier orquesta sinfónica.
En sus orgasmos pude encontrar más mar que en todo el planeta.
En sus piernas pude encontrar más calor que en cualquier desierto.
En sus pies pude encontrar más guía que en un mapa.
En su presencia pude encontrar más paz que en el séptimo cielo.
En su ausencia pude encontrar más hielo que en el océano antártico.
En sus caricias pude encontrar más vida que en todo el universo.
En sus noches pude encontrar más descanso que en mil horas de sueño.
En su aroma pude encontrar más fragancias que en un campo de flores.
En sus latidos pude encontrar más temblores que en la corteza terrestre.
En ella he encontrado más de lo que puedo describir, más de lo que puedo soñar. Ella es todo.
Érase una vez
jueves, 3 de mayo de 2012
lunes, 14 de marzo de 2011
Realidad maldita.
Era una tarde fría, desperté bajo el sonido de un chillante pitido, también escuchaba un llanto que se me hacia familiar, no podía mover mi cuerpo, pero si podía sentir mi mano empapada de aquellas lagrimas calientes, me esforcé para ladear mis ojos y descubrir que sucedía. Ahí estaba ella, mi amada, tomando mi mano inmóvil y llevándola a su rostro para secar sus sollozos, no podía entender que pasaba. Intente levantar mi cabeza, pero fue imposible, miré a reojo el lugar, parecía la habitación de un hospital. De nuevo intente sacudir alguna extremidad de mi cuerpo, pero de nuevo no tuve éxito alguno.
La confusión invadía mi cabeza, y todo lo empeoraba la enceguecedora luz de aquel techo desconocido. De pronto entra a la habitación un tipo con una bata blanca y finos anteojos, inmediatamente ella soltó mi mano y le dijo: –Dígame como está doctor ¿Se va a poner bien verdad? Con un rostro cargado de angustia y esperanza. –El daño cerebral fue bastante fuerte, debemos esperar a ver como evoluciona. Por la expresión en su rostro supuse que no quería decirle cuan jodido yo estaba. Ahí fue cuando empecé a recapitular, las imágenes en mi cabeza no eran del todo nítidas, pero eran suficiente para hacerme una idea de lo que pasó. Puedo recordar que iba en mi auto cuando me percaté del camión que venía a toda velocidad hacia mí y me desmayé, eso fue todo. La sensación que tenia era como la de querer gritar estando amordazado, una especie de cansancio perturbador, sentía como hubiese mayor gravedad entre esas cuatro paredes. Entra la enfermera y me inyecta una especie de suero. –Eso lo pondrá a dormir, así no escuchara ni sentirá nada. Indicó. Supuse que era un sedante, pero pasados unos diez minutos aun no sentía efecto alguno. – ¡Hey! ¡Estoy despierto! Trate de gritar, aun sabiendo que nadie me escucharía. De nuevo habló la enfermera sugiriéndole a mi novia que esperase afuera ya que me iban a hacer algunos estudios, ella se despidió lanzándome una mirada como si supiera que yo la veía a ella, se secó las lagrimas y se fue sin más. Los enfermeros me descobijaron y colocaron unos fríos “chupones” en el pecho y la frente, estos tenían unos cables conectados hasta una gran computadora que marcaba unos gráficos que no entendía. El doctor los examinaba con el ceño fruncido y expresión de resentimiento. –Esto no pinta bien para mí, me dije a mi mismo, obvio, no podía hablar con más nadie.
Luego de unas horas entró mi familia al cuarto, todos preguntando si tenían buenas y nuevas noticias, lamentablemente el médico les dijo algo en voz baja y todos cambiaron su rostro de ilusión por uno de agonía. Ellos me decían cosas como “Aunque no me puedas escuchar quiero que sepas que todo estará bien” Lo que ellos no sabían es que en realidad si podía oírlos, también podía escuchar ese maldito pitido, nunca dejé de sentirlo de hecho. Caída la noche ya solo quedaba ella, mi prometida, estaba recostada a un sillón cercano a mi cama, al parecer ella tampoco podía dormir, se movía de un lado a otro tratando de buscar acomodo. Yo moría de ganas de abrazarla, de sentirla, era tan desesperante y agotador no poder decírselo. Y de pronto, como si pudiese leer mis pensamientos, se levantó y se recostó a mi pecho, acariciaba mi mano con la suya, ella era consciente de lo mucho que me gustaba que lo hiciera, mis ojos querían derramar un mar de lagrimas, pero parecían estar secos, mis labios querían sentir el calor de los suyos, pero mi inanimado cuerpo no me lo permitía. Al parecer ella finalmente se quedo dormida, pasaron algunas horas para que al fin yo también lo lograse. Así pasaron los meses, unos días largos, otros aun más largos. Lo que si era seguro es que mientras más tiempo pasaba, mas lejos me sentía de la vida, el dolor me consumía, ya no podía cargar con el peso de mi propio cuerpo, no podía cargar con el peso de mi propia realidad maldita. Mi dolor no era comparado con la tristeza que me daba ver a toda mi familia amarrada a mí, me rehusaba a seguir viviendo antes de seguir viéndolos sufrir por mí. Los minutos se convertían en horas, las horas eran días, los días eran años. Ya por poco había olvidado el sabor de los besos, como se sentía una ráfaga de viento en mi rostro, el particular olor de la lluvia, cosas simples que llenan de dicha nuestros días. Mi amada no se separó de mi por ningún momento, estaba agradecido de todo lo que hacía por mí, pero al mismo tiempo no quería verla esclavizada en este cuarto, no quería ser yo quien causase sus lamentos. Odio, ira e impotencia empezaron a emerger de mi, era como gritar hacia dentro. Mi respiración comenzó a agitarse, pero mi corazón latía cada vez más lento, me esperaba lo peor, por una parte sentí satisfacción, por otro lado mi mayor temor era morir sin haberle dicho cuanto la quería. Comencé a ver cada vez mas borroso, el pitido de aquella maquina rechinaba más rápido – ¡Doctor, doctor! ¡Algo le está pasando! Entraron varios enfermeros diciendo que me estaba dando un ataque al corazón, me inyectaron una especie de líquido y aplicaron presión sobre mi pecho repetidas veces, al cabo de un rato, el pitido comenzó a tener su ritmo normal nuevamente, mi corazón estaba mejor, creo que me salvé de esta. Así siguió pasando el tiempo, cada vez más cruel, cada vez más maldito, ya no tenía ganas de vivir, no me quedaba nada que me diese una esperanza. Por lo que podía escuchar en las conversaciones de mi familia ellos ya no tenían suficiente dinero para seguir pagando los gastos médicos, estaban tan endeudados que vendieron uno de sus autos para mantenerme conectado a estas maquinas por un tiempo más, para alargar lo que obviamente era inevitable. Esa misma tarde entró el doctor a la habitación, los reunió a todos y los sacó del cuarto, solo llegue a escuchar que iban a discutir sobre una “decisión importante”. ¿Irían a hablar acerca de eso que estuve pensando yo en todo este tiempo? De desconectarme de estas perversas maquinas que me mantenían vivo ¿Finalmente me iban a liberar de la prisión de mi propio cuerpo? Por fin un aire de satisfacción invadió mi miserable existencia, por primera vez sentía un consuelo cercano, a pesar de que era la muerte lo que me esperaba, no sentía temor alguno, supuse que no habría nada más doloroso que haber vivido en este limbo. Mi actitud era egoísta, lo sé, dejar a todos atrás y encontrar mi propio alivio, pero supongo que eso sería lo mejor, todos debían seguir sus vidas. Mi único temor, mi único martirio, lo único que me mantenía despierto, era la impotencia de dejarla a ella en este cruel universo, de vivir mi otra vida y no estar con ella para protegerla, no ser parte de sus logros, no envejecer junto a ella… pero seamos honestos, si me quedaba en este mundo ¿Qué podría hacer un vegetal como yo por ella? Solo seria piedra de tropiezo a todos sus sueños, un estorbo, una cadena que la alejaría de sus metas. A pesar de que solo quería vivir mi vida con ella, también quería que fuese feliz, y yo sabía que eso no sería así si seguía estando las veinticuatro horas al día prisionera en este cuarto, hasta se veía cada vez más vacía, parecía que le quedaban menos razones para vivir que a mí. Al día siguiente, estaban todos en mi habitación, entre lloros y lamentos se despedían, mis papas y mis hermanos me besaban las manos y la frente, a pesar de las lágrimas en sus ojos, parecían tener un rostro de mayor tranquilidad, al parecer sabían que habían tomado la decisión correcta, iban a liberarme de mi condena. Mi amada fue la última en despedirse, ella si se veía más desesperada, eso me rompía el alma, pero ya era hora de irme. Me miro a los ojos profundamente, interprete su mirada y su silencio como un te amo. Yo solo quería que besase mis inmóviles labios, no podría recorrer tan largo camino sin llevar ese último recuerdo en mi equipaje. De nuevo mis ojos querían gemir, pero las lágrimas de desahogo nunca vinieron. Cada vez estaba más cerca la hora final, el médico se acercó a aquel aparato, y le hizo una seña anunciándole que ya era tarde. Ella aun me miraba directamente, en mi interior le hablé y al parecer me escuchó. –Querida mía, eres la última imagen que quería ver, gracias por haberme mantenido vivo, gracias por traer la felicidad a mi vida, pero es hora de partir. –Debes saber que esté donde esté mi corazón siempre latirá por ti, te amo. Ella me respondió con ese beso que tanto esperé, tomo mis manos y…
miércoles, 23 de febrero de 2011
Cariño, hoy trabajaré hasta tarde.
Eran las 8:30 AM cuando la vi entrar por la puerta, llevaba jeans grises y una blusa color púrpura; tenía cabello negro y largo, con la pollina escondiendo la mitad de su rostro, aparentando así, como que quisiera ocultar sus verdaderas intensiones. La mire a los ojos, ella miró a los míos, quedándonos así enlazados por menos de seis segundos. La intensidad de su mirada me obligo a cambiar de vista, balbuceando, trate de decir buenos días. En ese momento la corbata parecía estar más ajustada que nunca, ella me respondió arreglándose el cabello con una arrogante sonrisa en su rostro; siguió de largo para dirigirse a su sitio de trabajo. No disimulé al seguirle el rastro con la mirada, caminaba de una manera que me daba a entender que ella percibía que yo la estaba observando, cariñosamente saludó a Betty, la gerente de recursos humanos. Cuando trate de ver cuál sería su nueva oficina, inoportunamente suena el teléfono. Con un movimiento brusco y nervioso lo tome con las manos y odiosamente pregunte: –Buenos días ¿Qué desea? de pronto escuche la voz de una anciana preguntando por una tal “Mirtha”, de nuevo con un acento antipático le respondí: –Lo siento señora, está equivocada, adiós. Dirigí de nuevo mi mirada hacia aquel iluminado pasillo, notando que esa hipnotizante mujer ya no se encontraba ahí, tan solo estaba mi amiga Betty trayendo un par de carpetas. Me acerque a ella. – ¿Cómo se llama la nueva chica?- pregunté, –Su nombre es Antonella De la Hoz respondió con punzantes ojos de recelo y desaprobación. Siguió caminando, esta vez apurando el paso, como si le hubiese incomodado mi pregunta.
A la mañana siguiente, a la misma hora, se repitió el proceso del día anterior, pero esta vez con una mirada menos arrogante y más seductora, aprovechando que no recibí llamadas inoportunas, alcance a ver cuál era su oficina, esta sería la número 28.
Con manos temblorosas, tome un portarretratos con la foto de mi esposa que yacía sobre mi escritorio y use el reflejo del vidrio para comprobar que mi peinado seguía intacto, mostré mis dientes en busca de algún sarro indeseado y estiré mi traje para verme lo más atractivo posible. Luego de esto, me dispuse a caminar hacia la mítica oficina 28, mientras me desplazaba, pensaba en alguna manera para poder abordar a esta hermosa dama, hasta que se me ocurrió la manera perfecta.
Sudando frío toque la puerta. –Adelante. Respondió con voz tentadora. –Bu, bu, buenos días Antonella, soy Roberto Martínez, Gerente del departamento de ventas, pase por aquí para darte la mas cálida bienvenida a nuestro grupo de trabajo. –Es un placer conocerte. Alegó la chica, sin quitar su hipnotizante mirada de mis ojos. –Puedes acudir a mí con cualquier dificultad que tengas, pero me retiro, no quiero robarme tu valioso tiempo. –OK, lo tendré en cuenta, respondió esta vez con una sensual expresión en su rostro, como si en su mente estuviese tramando algo.
Esa misma noche, mientras cenaba con mi esposa, no la aparté ni un segundo de mi mente, tanto así, que tardaba más de ocho segundos en responder las preguntas que ella me hacía. – ¿Qué sucede cariño? Te noto algo pensativo. –Nada de qué preocuparse amor, solo estoy algo cansado, creo que me iré a dormir. Aparté la comida, y me fui a la cama sin más. Pasados unos veinte minutos de haberme acostado, entró mi mujer al cuarto, vestía lencería sexy, se metió a la cama, y comenzó a besarme el cuello, traté de hacerme el dormido, pero no pude resistirme ante tal propuesta. Aun sin quitar a aquella chica de mi mente, le hice el amor a mi amada, tratando de acabar lo más rápido posible y pensando solo en la autosatisfacción. Luego de tal acto simplemente me eche a dormir sin decir más nada. Pasadas unas semanas, ya se habían hecho habituales esos cruces de mirada entre aquella hermosa dama y yo, pero aun sin tener ninguna conversación con más de de cinco oraciones.
Al día siguiente, siendo las 5:00 PM llamé a mi esposa para avisarle que llegaría tarde, ya que necesitaba corregir algunos errores que había cometido un pasante en la base de datos. Pasadas unas 3 horas desde aquella llamada, parecía no quedar nadie en ese desolado edificio. Pero cuando menos lo esperaba, escuche una sensual y conocida voz diciendo: “Hola guapo ¿Cómo estás?”. En ese momento una gran cantidad de adrenalina comenzó a correr por mi cuerpo y miles de pensamientos se vinieron a mi cabeza. –Estoy algo cansado, pero bien. Le dije. –Creo que deberías descansar ¿Te parece si vamos a comer algo y te ayudo con eso luego? –No creo no sea apropiado, discúlpame. – ¿Estás seguro? Nadie tendrá por que enterarse, insistió mientras jugaba con su cabello. ¿Quién podría negarse a tal petición? Tendría que estar jodidamente loco para darle un no como respuesta. Acepte con la cabeza pensando en todas las consecuencias que podría traer esta decisión, le pregunte – ¿A dónde vamos? –Tú solo conduce. Nos dirigimos a mi coche, ella me indicaba la dirección, pero tales eran mis nervios que no podía mirarla mientras me hablaba – ¡Aquí es! Exclamo. Estacioné mi auto y nos dispusimos a entrar. El sitio tenía un ambiente acogedor y oscuro, nos sentamos en la barra y nos tomamos un par de copas, luego fuimos a la mesa y ordenamos la comida. Las horas pasaron como si fueran segundos, vi el reloj y me percate de que ya eran las 11:36 PM, pedí la cuenta y se dio por terminada la velada. Decidí llevarla hasta su departamento, ella coloco un CD de jazz que tenía guardado en la guantera ¡Diablos, el ambiente era perfecto!
Mientras conducía íbamos hablando sobre lo malas que fueron nuestras antiguas relaciones amorosas –En la siguiente esquina dobla a la derecha, es la tercera torre. Musitó en un tono que me daba a entender que ella no quería que acabara la noche. Me baje del auto para abrirle la puerta ¿Qué más se podía esperar de un caballero? La acompañe hasta la entrada, era obvio que ninguno de los dos quería despedirse. En ese momento mi corazón latía más rápido que nunca, era notorio que su respiración, al igual que la mía, se agitaba cada vez más. Nos miramos a los ojos por menos de seis segundos, cuando empezamos a acercarnos de manera lenta, evitando hacer cualquier movimiento torpe y brusco, entonces… Paso lo inevitable, estando ya a menos de dos centímetros de distancia, me tomó con una mano por la nuca y coloco la otra en mi pecho, me jaló de la camisa y se desprendió un suave y apasionado beso. Teniendo ella sus manos en mi cuerpo, acomode las mías en el suyo, coloque una mano en su cuello y la otra la dejé resbalar desde sus costillas hasta su cadera, ella pareció estremecerse ante tal acto. Luego de un rato de caricias y excitantes besos, se separo de mí bruscamente. –Creo que debes irte, no quiero que tengas problemas por mi culpa. En medio de esa situación en lo que menos pensé fue en mi esposa, yo quería quedarme, pero obviamente ella tenía razón, miré el reloj y… -¡Coño, ya son las 12:10 PM! Me despedí dándole un pequeño beso en sus labios, los dos hicimos un gesto que le hacía entender al otro, que este asunto lo resolveríamos pronto. Conduje hasta mi casa, cuando llegué mi pareja ya estaba dormida, la suerte me acompañó esta vez. Acostado en mi cama, la emoción, ligada a la adrenalina de haber llegado a ese mundo prohibido, aun corría por mi cuerpo, estaba en un estado eufórico que casi grito como una quinceañera recibiendo su primer beso, lo peor es que tarde unas dos horas hasta que pude conseguir finalmente el sueño.
En la mañana, me despierta mi pareja con el desayuno en la cama, la verdad es que no podía ni verla a los ojos, solo sentía el temor de ser descubierto por ella, la verdad es que no se lo merecía. Pasado un rato, como era lo habitual, debíamos ir a hacer las aburridas compras del fin de semana, cosa que no voy a mencionar, solo les puedo decir que nunca había deseado tanto que llegara el lunes pronto, para volver a encontrarme de nuevo con la nueva dueña de mis pensamientos.
Llegado el tan esperado día, como era de costumbre nos vimos de nuevo a las 8:30 AM en nuestro sitio de trabajo, aprovechando que no había nadie cerca, cambiamos las habituales miradas por un cariñoso beso de “buenos días”, luego de esto, introdujo una pequeña nota en el bolsillo de mi camisa, se despidió y siguió hacia su oficina. La nota decía: “¿Te parece si te quedas hasta tarde, terminamos lo de la base de datos y luego arreglamos nuestro asunto pendiente? Besos.” La nota estaba perfumada, no sé como descubrió cuanto me encantaba su aroma. Llame a mi esposa y le dije que de nuevo tenia que quedarme hasta tarde, ella no mostró oposición, le sugerí que no me esperara despierta. Ya solo tocaba esperar, me senté a ver como pasaban las agujas del reloj, jugaba con un bolígrafo entre mis manos, hacia cualquier cosa para que el tiempo se pasara más rápido. Decidí adelantar la reparación de los datos, así podría tener más tiempo para arreglar “otros asuntos” más tarde… Dadas las 7:00 PM, la escuche como se acercaba, sus tacones tenían un sonido muy estruendoso. Se acerco a mí, y sin decir nada, nos abrazamos y al instante comenzamos a besarnos desesperadamente, yo acariciaba su espalda con mis manos, ella de nuevo me tomo por el cuello con una mano, despeino mi cabello y aflojo mi corbata con la otra, hasta que empezó a desabotonar mi camisa, yo hice lo mismo, mientras la miraba a los ojos le fui quitando uno por uno los botones de su ajustada blusa gris, sin darnos cuenta ya estábamos semidesnudos cuando me sugirió que fuéramos a su pent house a terminar lo que habíamos empezado. Nos vestimos y nos fuimos en mi coche, jamás había conducido tan rápida y desesperadamente en mi vida, no tardamos más de diez minutos en llegar. Tomamos el elevador y de nuevo comenzó el proceso, ya para cuando habíamos llegado al último piso, estaba ella en faldas y sostén, yo ya no traía la camisa puesta. Entramos a su departamento, era extremadamente elegante, pero el paisaje era lo que menos importaba en ese momento. Me empujo hacia un cómodo sofá, se sentó sobre mí, mientras desabrochaba su sostén, sus senos eran simétricamente perfectos, con una mano pulso el botón para reclinar el mueble y empezó a besarme el cuello, esta vez nada nos iba a detener, por mi cabeza solo corría la emoción y excitación del momento, si iba a tener un sentimiento de culpa iba a ser después, mucho después. El sillón era bien espacioso, estábamos los dos acostados cómodamente, después de un rato comencé a desprenderle su falda mientras le besaba las caderas, no paso mucho tiempo para que los dos ya quedáramos desnudos, ella me señalo su jacuzzi con la mirada, era una oferta muy tentadora continuar con nuestro “asunto” desde allá, entramos tomados de la mano, el agua estaba caliente, tenía la temperatura perfecta, ahí estuvimos unos treinta minutos haciendo lo que se suponía que deberían estar haciendo dos amantes, no queríamos darle más largas al asunto, salimos del jacuzzi y nos acostamos en una cómoda alfombra de piel de oso, ella encendió una chimenea eléctrica y finalmente paso lo que ambos deseábamos que pasara, con pasión y delicadeza hicimos el amor. Al terminar, se recostó sobre mi pecho, ninguno decía nada, yo alcance a ver la hora en un gran reloj de agujas que estaba cerca, eran las 11:45 PM, el tiempo no importaba, solo quería permanecer con ella, luego de un rato nos quedamos dormidos por algunas horas, nunca había estado en una situación tan romántica, descansar piel con piel frente aquella chimenea. –Mi vida creo que deberías irte, falta poco para amanecer. Me vestí y ella me acompaño hasta la puerta, fue casualidad que ambos dijimos al mismo tiempo “Esto fue maravilloso…” Nos despedimos con un beso y yo apresure mi paso para llegar antes de que mi esposa despertara.
Cuando entré a mi casa no eran más de las 4 de la madrugada, me miré en el espejo de mi baño sin creerme a mí mismo lo que había sucedido, lo peor es que no sentía una sola gota de arrepentimiento, antes de irme a acostar me lave la cara y mi pecho, me coloque un poco de perfume, tratando de disimular el aroma de mi amante, el cual se había impregnado en mi cuerpo.De nuevo a las 8:30 AM espere a nuestra habitual tradición de esa hora, pero pasaron más de cuarenta minutos y la mujer aun no llegaba… La llame a su celular pero sonaba apagado, tampoco atendía el teléfono de su casa. Fui a la oficina de Betty, quizá ella sabría donde se encontraba mi querida Antonella – ¡Hola Betty! Te venia a preguntar… ¿Sabes dónde estará la nueva chica? Es que le encargue unos papeles y aun no ha llegado… Me miró con cara de desaprobación y recelo nuevamente, como si supiera lo que había pasado. –Lo siento, pero ella ya no trabaja acá, su estadía era temporal, ya que en poco tiempo la iban a transferir a otra sucursal en España. – ¿Es una broma cierto? Le respondí con la voz entrecortada. –Me temo que no. Dijo con un tono frío y cortante. Sin despedirme, salí corriendo hacia mi auto, conduje lo más rápido posible hasta el aeropuerto, pero desafortunadamente llegué tarde. No dejó una nota, no me dio su despedida, y se llevo consigo mi juventud y mi espíritu aventurero, mis pensamientos y mis deseos.
No, no me arrepiento de nada, quisiera contarles más, pero ahora debo regresar a la monotonía de mi matrimonio…
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